
Sin ir muy lejos, todavía en la época de nuestros padres, ver a una mujer al mando de un volante era algo extraño. Conducir era sólo cosa de hombres. Ellos eran, por lo tanto, los más interesados en conocer todo lo relacionado con su mecánica, para así poder arreglar el problema ellos mismos sin necesidad de molestar a los del taller.
Los tiempos han cambiado y cada vez más mujeres se sacan el carnet de conducir, aunque seguimos sin prestar mucha atención a los asuntos mecánicos de nuestro auto. En caso de avería, lo dejamos en manos de nuestro marido o pareja o, simplemente, cogemos el teléfono y hacemos una llamada a nuestro seguro (que para eso pagamos). Ellos, a su vez, dan parte al servicio de grúa que se encarga de llevarlo al taller.
Antes no teníamos la oportunidad de aprender y conocer en qué consistía el engranaje de un coche y ahora, quizás, la hemos desaprovechado. Por una cosa u otra, lo cierto es que la mayoría de las féminas desconocemos cómo funciona nuestro vehículo. Ni siquiera somos capaces de cambiar una rueda o de revisar los niveles de aceite (aunque muchos hombres tampoco).
Nos sobra y nos basta con saber que al meter la llave en el contacto el coche va a arrancar. Nos hemos desinteresado por completo del tema que cuando alguien nos habla de mecánica es como si nos hablase en chino: que si el turbocompresor, los inyectores, el carburador… Lo mismo me pasa cuando el experto de la familia, mi cuñado, se pone a hablar de los problemas que tienen en las enormes máquinas de la empresa en la que trabaja.
El otro día, tras una cena familiar, no me quedó muy claro de que se trataba, pero algo entendí de que están buscando compañías donde comprar frenos de disco industriales, como el sistema de frenado para las ruedas del coche, aunque para uso industrial, ¿no?.










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